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Sobre charlas y demás enredos de las charlas

Por Delfina Acosta
desde Asunción del Paraguay
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Es costumbre de la sociedad entrar de cuando en cuando en charlas o debates sobre la realidad nacional.

Lastimosamente esas charlas se ven opacadas y disminuidas debido a la intervención inoportuna de personas que muy poco conocen sobre las carencias básicas del Estado. Son los ignorantes. No se dan cuenta de su ignorancia, de modo que no hacen más que aportar disminuciones (o confusiones) a los planteamientos colectivos.
Muchos planes para mejorar la salud y la educación se desangran en el Paraguay.

Habla un disertante, hace una exposición magnífica y puntillosa de la realidad dolorosa de nuestra pobreza, explica con detalles cuáles podrían ser las posibles vías para salir del atolladero, pero he aquí que algunos panelistas, enredados con su confusión, dejan al descubierto la vaciedad de su cráneo cuando toman la palabra. ¿No es esto un verdadero disgusto?
¿Estoy equivocada, acaso?

Desde que el hombre se hizo ser social, habló.
Y hubo un líder natural que tomaba la palabra, para elevar las inquietudes propias de la sociedad, y sus palabras eran oídas con mucho cuidado como cautela, porque el ser humano es un animal desconfiado.
El hombre sigue siendo, muy desde luego, un ser social.
Y organiza actos públicos para hablar sobre las artes, la pobreza o la política.

Y va la gente a escucharlo.
Y algunos, que son medianamente inteligentes, encuentran que sus palabras son adecuadas, y que pueden representar la cura para muchos males. Y dentro de sus propuestas, que son como una urna, van depositando sugerencias y medidas que dan mayor lógica, sentido y crecimiento a los propósitos planteados.
Así suele funcionar la sociedad.

Y el ser humano, los que oyen atentamente los desafíos lanzados para arrimarse a la meta común, se deleitan, se maravillan pensando que la solución de un mal está muy cerca.
Pero luego aparecen con su oratoria despistada los tontos, los imbéciles genuinos, los idiotas, los ruines, que, no entendiendo aún de qué se está hablando, quieren lucirse con algunas palabras de su repertorio, y he aquí que van en sentido contrario de lo que podría representar una bonanza, un bien común.
Y los tontos, que son muchos, toman partido por las ideas descabelladas, y fraccionan un grupo, y cortan la cabeza de la idea.

A cuántas reuniones he asistido y he escuchado la idea débil, pero idea al fin, de algún líder que proponía, dentro de los parámetros que nos definen, un bien general para la cultura.
Y los tontos y los necios con sus interrupciones la echaban a perder.
Nuestra sociedad no tiene capacidad para la discusión.

Programar una idea que sea de beneficio colectivo y llevarla a cabo sin problemas es algo difícil.
Son tantos los necios que echan barullo sobre las conversaciones. Y luego están los silenciosos. Ah..., pero ellos al menos no echan a perder las flores de la idea.
Tenemos que aprender a charlar haciendo uso de la coherencia, del sentido común y del conocimiento.


Delfina Acosta
20 de Junio de 2010

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