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El Negro del fueye blanco

Era una voz encarnada a un bandoneón. Se desangraba al interpretar y lo transfiguraba la transfusión por ósmosis del instrumento. Podía ser un cantor, un actor y un decidor, al servicio, siempre, de letra y música, virtud de un artista dotado y donado a su oficio. Conquistaba el escenario a cuero propio, y a la manera del protagonista de la tragedia -el hombre que combate desde la vida a la muerte- agonizaba y regresaba convencido de su destino.


Lo suyo era una misa en escena, presidida por su fueye blanco, de fulgor eucarístico: Rubén Juárez, moría para nacer en el misterio del tango ritual. Así brilló, entre nosotros, invicto en su gloria.


Nos queda su apostura gardeliana de juventud y su contextura troileana de madurez. En efecto, subió de peso para filmar una película sobre Aníbal Troilo, frustrada por la desidia (con lo nuestro) de los productores argentinos. No pudo volver a su “piné” de galán latino, pero habitó su morada excedida con la ternura y el humor de un Pichuco auténtico. Y con su genio heredado, por cierto. El fraseo, genoma de su estilo -flor súbita entre los dedos - tenía la filigrana ensimismada y melancólica del buda porteño, resuelta en un irse o regresarse (Doble A adentro) hasta el hueso del alma donde palpita la infancia del paraíso.

Un frasear simultáneo entre cordajes y falanges, entre cadencia y partitura, entre metáfora y melodía. Alumbraba una criatura que respiraba y jadeaba en el parto de una vida que se canta y cuenta en un siglo de dos por cuatro. Lúcida herida que abría la música en el mar de su desvelo, respiración cifrada en una caja –catedral de sonidos-donde pájaros oficiantes rapsodian la vigilia de la porteñidad.


Verlo tocar era un trance de sangre en vilo. Semejante a una catarsis a dos manos y un corazón: yema y cuerda, el dúo de un absoluto, llamado tango.

Bosquín Ortega
en La Opinión de la Gente
http://www.laopiniondelagente.com.ar/opinion.asp?id=2090&nombre_tema=Arte+y+Cultura&id_subtema=54&nombre_subtema=Tango