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¿Revolución? - Por Miguel Romero

Viento Sur 28-ene-2011


¿Revolución? Hace ya tanto tiempo que no la veíamos que cuesta trabajo recordarla. La palabra ha sido banalizada en el lenguaje publicitario por coches, bancos, tiendas de moda… y en el lenguaje periodístico, incluyendo al periodismo político, por medio de adjetivos y colores, que tendían a domesticarla al gusto de la política-espectáculo. Hay también visiones doctrinarias que asocian la revolución a una normativa que deberían seguir necesariamente los pueblos en acción, salvo que sean desviados del camino por “direcciones traidoras”.

Pero finalmente, se reconoce bien a una revolución social por su característica más elemental, tal como la definió alguien que sabía de lo que estaba hablando: una revolución, vino a decir, es la entrada independiente de las masas en la escena política. Es decir, el primer acto de su autoemancipación, que no asegura la llegada de los actos sucesivos, como sabemos por dura experiencia, pero sin el cual lo que sigue, le llamen como le llamen, no es una revolución.


Una revolución es lo que está sucediendo en Túnez desde comienzos de año, con una determinación y una inteligencia que reivindica el sentido auténtico, popular, de la política, y ridiculiza la boba arrogancia de los epítetos despectivos habituales (“tercermundista”, “populista”…) con los que en nuestras sociedades acobardadas, aleladas y sumisas se califica a todo lo que ocurre en los países de la periferia, como un exorcismo para que nunca asalten los muros que protegen “nuestro Estado del Bienestar”, que dirían Toxo y Méndez.

“¿Es deseable una revolución?”, se preguntó Michel Foucault, a comienzos de los años 80, en un artículo notable sobre el curso de la revolución iraní –otra revolución verdadera- hegemonizada finalmente por los ayatolás. Su respuesta fue: no, con argumentos muy discutibles, pero muy potentes, que reflejaban bien el aire de unos tiempos de crisis de la política y de la propia idea de emancipación social. Es una cuestión fundamental, porque una revolución tiene que nacer de la necesidad, y encuentra en ella su justificación fundamental, pero sólo será posible si quienes pueden hacerla la desean.

Ésta me parece una aportación fundamental de la revolución tunecina: un pueblo quiere hacer una revolución y está movilizado para hacerla. Hay que analizar los contenidos políticos, las ilusiones, las relaciones de fuerzas sociales y políticas, los límites objetivos y subjetivos… En el mundo en que vivimos, no hay demasiadas razones para el optimismo sobre cómo concluirá esta primera etapa. Pero ya los acontecimientos permiten dar razonablemente una respuesta alternativa, treinta años después, a la pregunta de Foucault. La respuesta, que sólo vale si llega a ser ampliamente compartida, es que la revolución social no sólo sigue siendo imprescindible para derrotar al capitalismo; además puede llegar a ser deseada y activada por las y los de abajo. “Reactualizada” pues.

[Estos párrafos forman parte de la sección al vuelo del nº 114 de VIENTO SUR que se distribuirá en los próximos días].
Miguel Romero es editor de VIENTO SUR
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